Regina Vargas
Licenciada en Psicología

Introducción

¿Aprendes mejor viendo, escuchando o moviéndote? Esta pregunta, común en cursos, talleres y aulas, se basa en la teoría de los estilos de aprendizaje, una idea que ha ganado enorme popularidad en el ámbito educativo. Lo sorprendente es que alrededor del 90% de los docentes siguen creyendo en esta teoría, a pesar de que múltiples estudios han demostrado que no existe evidencia científica que respalde su efectividad (Ferreira, 2018).

Lo anterior es un claro ejemplo de lo que conocemos como neuromitos: creencias e ideas falsas o interpretaciones erróneas sobre el cerebro que hoy en día siguen vigentes, aun cuando han sido refutadas por la neurociencia. Aunque pueden parecer inofensivos, su difusión puede tener consecuencias negativas, especialmente cuando se utilizan para justificar prácticas educativas, diagnósticos clínicos o decisiones terapéuticas sin evidencia. En el ámbito del marketing, por ejemplo, se utilizan para promocionar productos que prometen mejorar el rendimiento cognitivo recurriendo al uso de la palabra «neuro» para darles una apariencia científica.

Parte de la razón por la que los neuromitos continúan presentes tiene que ver con el modo en que se difunde la información científica. En muchos casos, esta llega al público general a través de artículos periodísticos, blogs o redes sociales que no son escritos por neurocientíficos, lo que facilita su distorsión. En este artículo examinaremos los mitos más populares, entenderemos por qué han tenido tanto impacto y cuáles han sido sus consecuencias.

Los cinco neuromitos más populares

1. Los seres humanos sólo usan el 10% de su cerebro.

Este neuromito, uno de los más conocidos, sostiene que las personas solo utilizan el 10% de su capacidad cerebral y que es posible acceder al 90% restante mediante ejercicios de aprendizaje o un entrenamiento cerebral adecuado. Sin embargo, diversos estudios han demostrado que el cerebro se mantiene activo en todo momento, incluso durante el sueño. El funcionamiento del cerebro depende de la interacción entre distintas áreas cerebrales que se activan según la tarea a realizar. Es decir, al hablar o concentrarnos, no utilizamos una sola región, sino múltiples zonas que trabajan de forma coordinada.

2. Teoría de los estilos de aprendizaje

Los estilos de aprendizaje, entendidos como las diferentes formas en que las personas adquieren información, no cuentan con evidencia sólida que demuestre una relación directa con el rendimiento académico. Algunos autores señalan que no existe una ventaja real de un estilo sobre otro, sino que el cerebro tiene múltiples maneras de procesar la información (Pashler et al., 2008). Mantener este neuromito puede llevar a encasillar y limitar a los estudiantes, en lugar de potenciar sus capacidades.

3. Las dominancias hemisféricas

En algún momento, docentes han aplicado encuestas para conocer cuál es el hemisferio cerebral dominante de sus alumnos. Estos test afirman que las personas lógicas y analíticas usan más el hemisferio izquierdo, mientras que quienes son consideradas creativas usan más el derecho. Si bien es cierto que existen zonas en cada hemisferio especializadas en distintas tareas, ambos se encuentran interconectados y se comunican constantemente. Estudios demuestran que, ante cualquier estímulo, ambos hemisferios se activan de manera conjunta. Por lo tanto, no existe evidencia que respalde la idea de que una persona use más un hemisferio que otro.

4. El mayor desarrollo del cerebro se da de los 0 a los 3 años

En cierta medida, este mito podría parecer cierto. La evidencia demuestra que la plasticidad cerebral es mayor durante los primeros años de vida; sin embargo, eso no significa que desaparezca una vez pasada esa etapa. Se ha demostrado que los periodos de aprendizaje y neuroplasticidad continúan a lo largo de toda la vida. Mantener esta creencia ha generado una presión innecesaria sobre padres y educadores, provocando ansiedad por «estimular» al niño al máximo durante sus primeros años.

5. Inteligencias múltiples

La teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner plantea que existen distintos tipos de inteligencia, como la lingüística, lógico-matemática o interpersonal. Este último neuromito ha generado gran controversia. Si bien ha sido muy influyente en el ámbito educativo, no existe evidencia neurocientífica que respalde que estas inteligencias correspondan a áreas cerebrales independientes ni que su identificación mejore directamente el aprendizaje. Pese a ello, algunos autores reconocen su valor pedagógico, ya que amplía la forma de entender las capacidades humanas. El problema aparece cuando se usa para clasificar a los estudiantes, lo que puede llevar a priorizar actividades atractivas sobre contenidos realmente significativos.

Consecuencias de los neuromitos

La permanencia de los neuromitos no es un simple detalle académico; sus efectos pueden ser bastante problemáticos. Cuando en el ámbito educativo se aplican métodos basados en estas creencias, se desperdicia tiempo y recursos en estrategias que no mejoran los resultados reales. Además, estas ideas pueden llevar a etiquetar a los estudiantes de forma rígida, limitando su desarrollo al encasillarlos en «tipos» que no reflejan su verdadero potencial.

En el campo clínico, pueden guiar diagnósticos erróneos o favorecer intervenciones sin base científica, como terapias para «activar» un hemisferio del cerebro. Por último, cuando las prácticas sustentadas en neuromitos no funcionan, se corre el riesgo de que las personas pierdan la confianza en la ciencia, abriendo la puerta a pseudoterapias y desinformación.

Conclusión: fomentar el pensamiento crítico

Comprender y desmantelar los neuromitos no solo mejora la práctica educativa o clínica, también eleva la calidad de nuestras intervenciones. Como lectores y divulgadores, el paso más importante es fomentar un pensamiento crítico: dudar de las soluciones mágicas, buscar fuentes fiables y recordar que el prefijo «neuro» no siempre es sinónimo de ciencia. Al hacerlo, protegemos nuestra mente de la desinformación y promovemos un conocimiento más honesto y útil sobre el fascinante funcionamiento de nuestro cerebro.

Referencias

Ferreira, R. A. (2018). ¿Neurociencia o neuromitos? Avanzando hacia una nueva disciplina. En J. Osorio & M. Gloël (Eds.), La didáctica como fundamento de la práctica profesional docente. Tendencias enfoques y avances (pp. 28-46).

Pallarés-Domínguez, D. (2016). Neuroeducación en diálogo: neuromitos en el proceso de enseñanza-aprendizaje y en la educación moral. Pensamiento. Revista de Investigación e Información Filosófica, 72(273), 941-958.

Pallarés-Domínguez, D. (2021). La reflexión crítica sobre los neuromitos en la educación. Teoría de la Educación: Revista Interuniversitaria, 33(2), 87-106.

Pashler, H., McDaniel, M., Rohrer, D., & Bjork, R. (2008). Learning Styles: Concepts and Evidence. Psychological Science in the Public Interest, 9(3), 105–119. https://doi.org/10.1111/j.1539-6053.2009.01038.x

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