Más allá del berrinche: lo que los padres proyectan

Mirna Velázquez
Licenciada en Psicología

La construcción anticipada de la infancia

El ser humano aparece en el mundo en un estado de total indefensión; la vida de cada uno de nosotros inicia y se mantiene gracias a los cuidados que los progenitores, o quienes cumplen esa función, nos brindan. Dicho de otra manera, el desarrollo de cualquier ser humano es posible únicamente por la presencia constructiva de los padres.

Las condiciones en las que se gesta una nueva vida suelen ser muy diversas: van desde la confusión de un par de adolescentes que inician su vida sexual, hasta la insistencia de un matrimonio maduro que lucha médicamente por la consecución de un hijo. Si las circunstancias iniciales influyen en la nueva vida, las condiciones en que se recibe a un recién nacido suelen dejar una huella casi indeleble.

En principio, la vida de un bebé se desarrolla gracias a las posibilidades que los padres imaginan y construyen para él. Tales posibilidades inician con las expectativas que cada progenitor genera —a veces más inconsciente que conscientemente— sobre la nueva vida. Por supuesto, lo que los padres esperan y proyectan sobre el futuro de su hijo está en función de su propio desarrollo individual; es decir, los padres se relacionan con sus hijos a través de sus propias historias de vida.

De manera que cada uno, en mayor o menor medida, verá en su hijo no solo a la criatura que arriba al mundo, sino también a una serie de oportunidades: ya sea para reparar, vengar o continuar carencias, o bien para transmitir virtudes y características que mantengan una determinada visión de la vida. Esto sucede porque la paternidad se construye con base en la experiencia, a partir del ensayo y el error. Las circunstancias en que cada persona se desarrolla influyen en su forma de concebir la vida y conducirse en ella; por lo tanto, si durante su crecimiento los padres enfrentaron situaciones adversas, estas repercutirán en la educación que brinden a sus hijos.

Pero vayamos paso a paso. La madre establece el primer vínculo biológica y psicológicamente con su hijo. La nueva vida depende del cuerpo de mamá para existir, pues todas sus funciones vitales descansan en ella. Más aún, las emociones de la madre influyen en la vida intrauterina, de manera que tristezas y alegrías impactan al feto de forma análoga a cómo se transmiten el oxígeno y el alimento a través del cordón umbilical. Así, además de la idiosincrasia individual, la interacción entre padre y madre influye en el bebé mucho antes de su nacimiento, pues las circunstancias en que vive la pareja repercuten en el estado emocional materno.

El choque con la realidad y la culpa parental

Los progenitores empiezan a construir la vida de sus hijos antes de que estos lleguen al mundo, a través de sus propias vivencias, creencias y estados de ánimo. Un recién nacido nunca es solo un recién nacido. En cada nueva vida se depositan esperanzas, necesidades y deseos insatisfechos que trascienden a quien arriba al mundo.

Tanto los padres como las familias de origen tienen determinadas expectativas sobre el nuevo bebé. Estas suelen centrarse en la salud y la «normalidad» del pequeño. Sin embargo, también existen otras proyecciones que influyen en su desarrollo. Por ejemplo, hay padres que basan la valía de su capacidad reproductiva en la existencia de un varón, por lo que la llegada de una niña rompe sus pretensiones y quiebra una primera expectativa.

Una primera ruptura suele crear distancia entre los progenitores y el recién llegado. Esta distancia se incrementa por la falta de coincidencia entre la realidad del bebé y las expectativas depositadas en él. En la medida en que el hijo no responde a las proyecciones familiares, se produce —consciente o inconscientemente— una inconsistencia que suele derivar en sentimientos de rechazo.

Claro está, tales sentimientos no suelen ser reconocidos por los nuevos padres; al contrario. Para contrarrestar ese rechazo, que es social y culturalmente reprobable, generan conductas específicas que suelen oscilar entre la permisividad y la sobreprotección. Por supuesto, estas respuestas tienen que ver más con los conflictos de los padres que con las necesidades reales del infante. Es decir, quienes realizan las funciones parentales ejercen la maternidad y paternidad de acuerdo con su propia historia, sin considerar plenamente las posibilidades y necesidades del recién nacido.

La sobreprotección y la permisividad, manifestaciones de la culpa parental ante sentimientos iniciales de rechazo, constituyen uno de los principales factores que fomentan los berrinches.

La naturaleza del berrinche: placer y economía de energía

Los berrinches podrían considerarse, en un primer momento, conductas normales. A nadie le gusta que se le limite; todos, incluso los adultos, buscamos situarnos en la posición más cómoda, aquella en la que no tengamos que esforzarnos demasiado para conseguir los satisfactores que deseamos. Nuestra mente también responde a exigencias instintivas; pretendemos la comodidad porque la supervivencia opta por el ahorro de energía y la simplicidad.

Todo berrinche sucede para evitar el desgaste y el esfuerzo, para mantener la comodidad. Para un niño es mucho más fácil e inmediato que su madre le procure satisfacciones a buscarlas por sí mismo. En primera instancia, para cualquier infante la comodidad reside en cubrir sus necesidades de alimentación, aseo y abrigo: aquello que le asegura la supervivencia. Posteriormente, las exigencias se vuelven más complejas; el niño no solo busca cubrir sus necesidades vitales, sino también aquello que le brinda placer. Podríamos pensarlo así: el bebé luchará por mantenerse en un estado de plenitud donde no le falte absolutamente nada y obtenga gratificaciones inmediatas, un estado parecido a la vida intrauterina, donde todo se daba gratuitamente.

La función estructurante de los berrinches

Los berrinches son una respuesta natural. Sin embargo, es tarea de los padres establecer los límites necesarios para procurar el desarrollo de los hijos, porque todo crecimiento es posible gracias a la frustración, entendida esta como la postergación del placer. Si bien la vida intrauterina enseña que merecemos todo por el simple hecho de «estar», la vida fuera del vientre nos muestra que hay que luchar por conseguir lo que se quiere.

Es entonces cuando empieza la labor más ardua. Una vez que el infante está en el mundo, no solo debemos ocuparnos de cubrir sus necesidades elementales; también hay que procurar, paulatinamente, dotarlo de las herramientas necesarias para soportar las demoras que implica la vida real. De manera que la vida de nuestros hijos depende de nuestras realizaciones y de nuestras carencias. En la medida en que solucionemos nuestros asuntos pendientes, tendremos mayor autoridad y congruencia para guiar a nuestros hijos.

En resumen, mientras el niño se aleje de las expectativas (conscientes o inconscientes) de sus padres, podría generarse en ellos un rechazo que suele «repararse» erróneamente con permisividad y sobreprotección. En condiciones ideales, las figuras parentales son capaces de limitar el comportamiento de sus hijos siempre en beneficio de su crecimiento.

La influencia del entorno y la herencia emocional

Por otro lado, está lo que sucede con los abuelos. A menudo, su intervención puede fomentar conductas de desobediencia, pues no siempre se ocupan de poner los límites necesarios a sus nietos. En muchos casos, intentan reparar con los nietos las equivocaciones que cometieron con sus propios hijos y, por lo tanto, suelen ser sumamente permisivos.

Sin embargo, no solo los abuelos influyen en la sobreprotección; también los padres lo hacen. En cuanto saben que recibirán una nueva vida, comienzan las expectativas y los intentos de reparación. La vida no se piensa solo en función de las experiencias actuales, sino de acuerdo con las posibilidades que nos han ofrecido las circunstancias a lo largo de los años.

He ahí el problema: nadie nos enseñó cómo guiar otra vida. Un problema que no se puede dejar de lado es la «herencia emocional»: si hemos pasado la vida buscando ganar la aceptación y el afecto de nuestros padres, careceremos de la autonomía necesaria para enseñar a nuestros hijos a decidir por sí mismos.

Referencias

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