Regina Vargas
Licenciada en Psicología

En los últimos años las conductas autolesivas han sido objeto de gran preocupación en el ámbito de la salud mental, especialmente en casos de adolescentes y jóvenes adultos. Se trata de un comportamiento premeditado con el propósito de infligirse daño físico, sin intención suicida; las autolesiones son reconocidas como una conducta que requiere atención clínica inmediata, ya que su frecuencia y gravedad es progresiva y provocan daños psicológicos y físicos significativos para quienes la practican. A diferencia de los intentos suicidas, la autolesión busca disminuir las emociones negativas relacionadas a la ansiedad, la depresión, dificultades interpersonales o el sufrimiento generalizado, proporcionándole al individuo una sensación de alivio o de liberación.

Mosquera (2008) define a la autolesión como el “acto intencionado de hacerse daño sin la intención de morir con el propósito de tolerar un estado emocional que no puede ser contenido o expresado de una manera más adaptativa”. Por otro lado, El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) incluye al Trastorno de Autolesión No Suicida como una categoría que requiere de tratamiento e intervención, además de no asociarlo a un síntoma aislado, sino como un indicador de otras patologías. Por esto mismo, es importante reconocer y comprender las motivaciones subyacentes, los factores de riesgo y las posibles intervenciones para el tratamiento y prevención de estas conductas.

Factores de riesgo

Las conductas autolesivas suelen llevarse a cabo en la superficie del cuerpo y no se limitan únicamente a cortar la piel con navajas, sino que también incluyen prácticas como quemar, golpear o frotar la piel en exceso, causando sangrados, hematomas o marcas que tarden en desaparecer. La edad de inicio se encuentra entre los diez y quince años, y dentro de este grupo de adolescentes hay mayor prevalencia en el sexo femenino (Luján et al., 2017, p. 3).

Estas conductas no surgen de manera aislada, sino que se derivan de una diversidad de factores dentro del ámbito psicológico y social. Dentro de los componentes psicológicos se encuentran los trastornos de personalidad, la depresión, la ansiedad y el abuso de sustancias, condiciones que crean un entorno en el que las personas recurran con mayor facilidad a las autolesiones como una manera de lidiar con el dolor interno.

En términos sociales, el ambiente en el que se desarrolla una persona juega un papel muy importante. El acoso escolar, una dinámica familiar violenta, presión social, aislamiento, bajo nivel socioeconómico, abusos en la infancia, e incluso los cambios físicos y mentales que aparecen en la adolescencia, hacen a esta población vulnerable a problemas de salud mental que pueden conducir a conductas autolesivas.

Posibles causas

Entender las causas y motivaciones detrás de la conducta autolesiva es fundamental para abordar de manera eficiente esta problemática, que afecta entre un 2% y un 4% de la población (Mosquera, 2008, p. 8). Las personas que se autolesionan suelen hacerlo por dificultades para reconocer o identificar sus emociones, estas dificultades complican encontrar formas adaptativas y funcionales para gestionar las emociones, ya que, antes de lograrlo, primero hay que reconocerlas. Si esto no sucede, el individuo puede recurrir a la autolesión como una forma de “sentir algo”, pues experimenta un vacío emocional.

Es decir, si alguien no encuentra maneras más funcionales de expresar sus emociones, como dibujar, pintar o hablar, es más probable que recurra a métodos dañinos para aliviar su malestar. Estudios mencionan que las personas que crecieron en entornos emocionalmente invalidantes suelen reaccionar de manera desproporcionada ante el dolor emocional que le generan ciertas situaciones y esta dificultad para manejarlo las conduce a infligirse daño.

Consecuencias de las conductas autolesivas

Las consecuencias nocivas de los cortes en los adolescentes suelen ser diversos, afectando múltiples aspectos de su vida. A nivel social, la autolesión frecuentemente dificulta su integración con los pares, es decir, conlleva un aislamiento que también les impide buscar ayuda debido al estigma y la discriminación en torno a esta problemática.

Desde el punto de vista psicológico, las autolesiones pueden volverse el primer recurso y el más frecuente para enfrentar los desafíos del entorno, lo que impide al individuo aprender estrategias de manejo más adaptativas y funcionales que no impliquen dañarse. Además, esta conducta no solo afecta a quien la practica, sino que también impacta a las personas cercanas, como familiares y amigos, quienes suelen experimentar angustia, frustración e incluso culpa al no encontrar alternativas para ayudar a su ser querido.

En el ámbito físico, quienes se autolesionan, conforme pasa el tiempo, a menudo necesitan hacerse cortes más profundos, lo que resulta en cicatrices permanentes, infecciones, daños a nervios o tendones y, en casos más extremos, la muerte (Carvajal, 2014).

Tratamiento

El tratamiento de las conductas autolesivas es un proceso que requiere ser abordado desde un enfoque multidisciplinario. Es fundamental iniciar un proceso psicoterapéutico en el que se identifiquen y trabajen distintos aspectos, como detectar el patrón de comportamiento relacionado con las autolesiones (cómo, cuándo, dónde) e identificar los detonantes (por qué) para ayudar al paciente a reconocer sus respuestas emocionales y proporcionarle herramientas para gestionarlas, fomentando habilidades de comunicación y de interacción en sus relaciones sociales.

En muchas ocasiones, también se emplea un tratamiento farmacológico, como antidepresivos y ansiolíticos, especialmente cuando la conducta está relacionada con trastornos de personalidad, ansiedad o depresión; sin embargo, es importante señalar que el uso de fármacos debe complementarse con la psicoterapia para aumentar la eficacia del tratamiento, ayudando a controlar la impulsividad y disminuir la angustia. (Carvajal, 2014)

Es importante contar con una red de apoyo en la que el paciente se sienta seguro y en confianza para expresar sus inquietudes. Este entorno debe ser comprensivo y libre de juicios para que la persona se sienta validada y entendida ante lo que siente, además de crear un espacio seguro para compartir estrategias de afrontamiento entre los afectados.

Referencias

Carvajal Oviedo, H. U., Choque Huanacio, C. C., Poppe Mujica, V., Gantier Fernández, D. N., & Rivera Pérez, Y. J. (2014). Autolesionismo: síndrome de cutting. Archivos Bolivianos de Medicina, 22, 50.

Conterio, K., Lader, W., & Bloom, J. K. (2008). Daño Corporal: El innovador programa de tratamiento para quienes se autolesionan. Virgin Ink Press.

Luján, Y. M., & Soriano, E. I. Jesús Lull Carmona, Neus Francés Sanjuan, Carmen Pascual Calatayud, Rocío Roselló Miranda. (2017). Conductas autolesivas no suicidas: breve revisión. Conceptualización, clínica y causas.

Mollà, L., Vila, S. B., Treen, D., López, J., Sanz, N., Martín, L. M., & Bulbena, A. (2015). Autolesiones no suicidas en adolescentes: revisión de los tratamientos psicológicos. Revista de psicopatología y psicología clínica, 20(1), 51-61.

Mosquera, D. (2008). La autolesión: el lenguaje del dolor. Pléyades.

Santos, D. (2016). AUTOLESIÓN. Qué es y cómo ayudar. Ficticia Editorial.

Villarroel, J., Jerez, S., Montenegro, M. A., Montes, C., Igor, M., & Silva, H. (2013). Conductas autolesivas no suicidas en la práctica clínica: Primera parte: conceptualización y diagnóstico. Revista chilena de neuro-psiquiatría, 51(1), 38-45.

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